De distintas maneras la especie humana ha celebrado ciclos naturales como los cambios de estaciones y las fases de la luna. El fin de año, al fin y al cabo, no es más que una forma más de estas celebraciones. Sin embargo, más allá de los efectos estacionales que estos ciclos puedan tener sobre nuestras vidas diarias, pareciera que la celebración del fin de un ciclo y el comienzo de otro tiene consecuencias muy profundas sobre nuestra persona, particularmente en nuestra forma de ver y relacionarnos con la realidad.

Para algunos, el fin de año es una ocasión de nuevas oportunidades. Conocido es el dicho “año nuevo, vida nueva”. Casi siempre abrigamos la esperanza de que el nuevo año represente una mejora o evolución con respecto al anterior. Es conveniente notar la tremenda subjetividad de estas apreciaciones y el riesgo que implica adoptar algunas que nos son completamente extrañas y extranjeras. A nivel mundial el año 2009, particularmente en lo económico, se presenta como un futuro sombrío. Si bien es cierto que la situación mundial es complicada, debemos ser cuidadosos a la hora de transportar estos pronósticos a nuestra vida de todos los días ya que nuestras realidades personales e individuales suelen ser afectadas por muchos factores que no necesariamente tienen que ver con dicha situación. Esto también es válido para la realidad mediatizada con que nos alimentan a diario los medios masivos de comunicación.

El fin de año también parece ser para algunas personas un buen momento para realizar un balance y determinar cuánto se ha progresado en el último tiempo y de acuerdo al resultado puede llegar a convertirse en una suerte de punto de control a partir del cual instrumentar algunas tácticas y estrategias para mejorar nuestra situación personal.

Lo que me parece realmente interesante es que todo este período reflexivo, por llamarlo de alguna manera, parece precipitarse con el avenimiento de las festividades de fin de año y sucede simultáneamente a una gran parte de los integrantes de nuestra sociedad. Un buen medidor de este fenómeno son las personas que trabajan en el área de salud mental: la cantidad de consultas a estos profesionales aumenta dramáticamente hacia el final de año (ver nota al pie sobre noticias relacionadas).

Creo que existen profundas razones culturales que nos predisponen a entrar en este estado de revisión, pero esto está lejos del propósito de este artículo. Si no estamos acostumbrados al vértigo que supone andar haciendo cierres de cuenta emocionales la situación puede volverse caótica, insoportable y hasta inmanejable.

En este punto pienso que es necesario detenerse y darnos cuenta de que somos organismos que naturalmente trabajamos en función de muchos ciclos naturales (día/noche, semanas, meses, estaciones, años) y si miramos alrededor encontraremos que estos ciclos también se manifiestan en el resto de la naturaleza, no solo en el territorio humano.

Asumido el caracter inevitable de que los ciclos nos ocurran, cabe examinar por qué a veces se transforman en ocasiones en que las cosas se nos escapan de la mano y comenzamos a perder el control. Para esto creo que es útil salir un poco de la subjetividad y poner las cosas en perspectiva y tener en cuenta algunos puntos desde el más simple sentido común.

Salvo excepciones, es casi seguro que no es viable resolver satisfactoriamente y con urgencia lo que no hemos podido resolver en todo el tiempo pasado. Muchas veces el acercamiento del final de un ciclo nos lleva a resoluciones tan precipitadas como poco deseadas y que posiblemente podrían tener otro final permitiéndonos más tiempo. Ante estas situaciones quizás sería útil detenerse y pensar si no es realmente factible y conveniente postergar.

Postergar parece ser una palabra con poca aceptación. En algún punto lleva la carga de que algo no ha sucedido según nuestros planes. También podemos temer que la postergación se extienda indefinidamente en una suerte de promesa incumplida o de asignatura pendiente. Este es sin duda alguna el costo de la postergación, pero en términos de obtener lo mejor para nosotros mismos creo que vale la pena detenerse a observar sus posibles beneficios frente a una decisión precipitada por la culminación de ciclos que quizás poco tienen que ver con nuestra realidad diaria.

Humor gráfico: Alfredo Martirena (www.martirena.com)

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